Enero del 1813. Era martes. Y nadie lo duda, un día verdadero, intemporal para los dominicanos, veintiséis de enero.

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Sócrates David Peña Cabral

Nació el patricio, Juan Pablo Duarte, hombre y nombre eterno, el primer y más puro dominicano, que por su ideal y esfuerzo fue forjada la estirpe nacional.
Menguada quedan mis palabras para exaltarlo. Ningún adjetivo logra acompañar con certera valía lo sustantivo de su proceridad, rígido genio de la virtud patriótica hecha hombre.
Pienso que no fue un accidente biológico. En Santo Domingo, con panorama sombrío, el 26 de enero de 1813 llegó como luz proyectada hacía el firmamento para despejar oscuridad. Vino al mundo en uno de los momentos históricamente más negativos de este lar, en el llamado periodo de la España Boba, cuando la parte Este de la isla Hispaniola, repleta estaba de vicisitudes y adversidades.
La ruina en que vivía el país hizo que incorporara en cada estrella un sueño, haciendo despertar el decoro en cada alma, logrando primero que su familia entera quedara involucrada, entregando toda fortuna en pos de la patria y se abalanzó en procura de la libertad, haciendo todo lo humanamente posible, obrando con gallardía verdaderamente admirable. En momentos aciagos, exhibió decoro en grado superior. Poseyó un don extraordinario, su fe irrepetible en esta república.
En el devenir de su vida, Juan Pablo Duarte empujo con entusiasmo, decisión e idealismo la fundación de la patria. Luminoso fue su nacimiento, conmovedora su aparición en este mundo. Amo a sus hermanos, no supo odiar a quienes lo flagelaron, perdonó ofensas y aún herido por todas las miserias humanas, sacrificó todo por dar libertad, bienestar y patria a un pueblo, sin aspirar a nada para él y sostuvo a ultranza el ideal de la independencia absoluta, desechando protecciones extranjeras. El patricio siempre se colocó por encima de circunstancias políticas y personales, aún cuando por momentos existían poderosas razones que desaconsejaban su postura radical.
Fue un incansable, se mantuvo inalterable en medio del torbellino de las contiendas y las intrigas internas que atacaban el logro de su puro ideal de crear y mantener una república plenamente soberana. Fiel a los principios de libertad y justicia social, desde su nacimiento hasta su hora fúnebre, debiendo enfrentar, tantas veces, el accionar de muchos que dirigían a la nación en desmedro del juramento trinitario y que pretendieron más de una vez arriar la bandera nacional.
Mientras a su alrededor pasaban los hombres con giros y cambios a conveniencia, el permanecía incólume, como columna, austero, pero sólido en sus creencias. Observaba las mudanzas, pero él estaba convencido, tuvo amor purísimo, invariable, magnánimo, sublime ¡el de la patria!


Lo llamaron filorio para denostarlo y disminuirlo a una débil figura, pero la verdad la reconocían, Juan Pablo Duarte no podía ser doblegado por la ferocidad de sus contrarios. Por eso fue expulsado del país.
Asombrado entonces por las ambiciones políticas de muchos, a sabiendas de las victorias nacionales, Duarte quedo en territorio profundo venezolano y no propició desde allí ni intrigas, ni contubernios políticos, mucho menos golpes militares, simplemente para no afectar la causa nacional que se debatía en esos tiempos con los haitianos. No se movió de allí para evitar nuevas situaciones fratricidas, no aprovecho ni la amnistía, ni las turbulencias internas que hubiesen propiciado su retorno a la patria para asumir su estatura de líder. A pesar de su pobreza, de sus quebrantos, de sus decepciones, sólo la noticia de que el país había perdido la soberanía para convertirse de nuevo en colonia española lo hizo moverse con ardiente fervor nacionalista, procurando ayuda económica y arribando a la patria para ponerse a las órdenes de quienes dirigían la revolución Restauradora y sólo a las ordenes de aquellos en cuyos corceles se portaba y ondeaba el estandarte nacional.
Su llegada a la república el 24 de marzo de 1864 por Montecristi, tenían el propósito de ofrecer sus últimos halitos de vida a la patria y organizar nuevos combatientes libertadores, igual que en marzo del 1844, con deseo de independencia absoluta y haciéndolo desde el puesto que los líderes de la gesta restauradora le indicaran. En el 1865, bajó de nuevo al terreno para no dejar morir su sueño, ese interrumpido por inconsulto caudillo, y es que su supremo amor fue la República, su mayor odio la injusticia y la traición.
Juan Pablo Duarte, fue general de la república, vistió la chamarra militar de paño azul que lo identificaba como soldado dominicano, pero su victoria trascendente no la recogen los campos de batalla, su nombre no aparece en las crónicas de combate o en las marchas al través de los predios inhóspitos castigados por el sol en los que fueron libradas las campañas por la libertad y probablemente su nombre no haya quedado en los registros epónimos de la historia militar, y nunca ha sido vinculada su figura entre el estruendo del fusil y el estampido de corceles en lucha abierta contra el invasor, pero sí aparece su nombre para enseñar que tenemos una nacionalidad y que ésta nació acuñada por su ideal de que el pueblo se levantara para sacudirse del vasallaje y se eleva su nombre para mostrarnos con sus actos lo que es necesario para mantener a una república, honradez y civilidad.
Veneremos su memoria, estudiemos su pensamiento y la historia, imitemos su ejemplo, inclinemos nuestra frente con fervor y devoción cívica, reverenciando su nombre más allá de la arenga pública, convirtiendo su nombre en forma de conducta. Glorifiquemos al prócer, haciendo que el brilló de sus actos resplandezca en la vida pública, engalanado su grandeza al convertirnos en mejores ciudadanos.

Hoy debemos recordarlo por la entereza moral con que se mantuvo fiel a su doctrina y leal a sus principios libertarios. Que permanezca inextinguible su nombre, su ideal, su memoria, su eterna esperanza en las generaciones futuras y quede atrapada en los corazones de todos los dominicanos su fe en la patria, como herencia imperecedera e inspiradora para procurar en el porvenir, sin reservas, el bienestar colectivo y la justicia social, con irrenunciable soberanía e independencia total.

Elevada permanezca hoy la temperatura patriótica y que sea este veintiséis de enero viva encarnación de Juan Pablo Duarte y vuelto a su justa dimensión, encabezando sus ideas y su nombre, la urgente batalla social.
SALVE PADRE DE LA PATRIA Y FUNDADOR DE LA REPUBLICA
Viva eterna, soberana, República Dominicana.

Fuente:http://notisurbani.com/index.php/12-opinion/5454-veintiseis-de-enero

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